No fue el celular lo que me despertó, ni el ajetreo en la casa de mi prima. Fue el insomnio y la ansiedad lo que me había impedido dormir gran parte de la noche. No podía dejar de dar vueltas las mismas canciones en mi mente, una y otra vez.
Una ducha rápida, nada de demasiado arreglo. No necesitaba alisarme el cabello pues sabía que no duraría ni una hora. No necesitaba ponerme la mejor ropa que había llevado, pues al final se ensuciaría y probáblemente rompería. Dejo constancia al comienzo de mi relato que mis converse eran blancas. Blancas en exceso.
Luego de desayunar, comenzó la travesía. En mi banano llevaba mi celular, algo de dinero, mi BIP, cédula de identidad... cigarros. Una bolsa con galletas, pan y yogurt eran mi predestinado almuerzo, y el sol molestaba de sobremanera a mis ojos, no quise llevar mis lentes. Maldigo el momento en que decidí dejarlos en casa.
Al bajar del metro me sentí totalmente sola y perdida, caminando hacia un lugar al que jamás había siquiera escuchado antes de que todo comenzara. Seguí a dos tipos que tenían pinta de dirigirse a un concierto y, disimuládamente, me moví entre las calles sigilosa para que no se sintieran intimidados. Llegué al puto estadio gracias a los desconocidos y mi sorpresa fue gigantesca cuando me percaté de que la fila era mucho más grande de lo que imaginaba. Como sea, busqué caras conocidas entre las cien o docientas personas que en ese instante me miraron con odio al saltarme la fila hasta que me topé con una vieja amiga, Katie, sentada en una especie de reja. "Gracias Dios" me dije a mi misma, no estaría sola por el momento.